29 septiembre 2008

La dimensión espacial de la pedagogía [ristampa]

[Artículo publicado originalmente en Dr. IO presenta... el 12 de Junio de 2008]

El hombre y su sueño. Albert Barillé.

En su estupendo cuento de ciencia-ficción “Componedor” (1957), Lloyd Biggle Jr habla sobre un lugar llamado el Centro, la zona de vacaciones más hermosa de todo el Sistema Solar, “un resumen monumental de de la herencia cultural de la humanidad” que “como el Fénix, surgió de pronto, inexplicablemente, justo al final del siglo XXIV, de las cenizas corroídas de una espantosa decadencia cultural”

Allí, en el Centro, uno es capaz de ver todos los logros humanos reunidos. Ascendiendo a la colina donde está el monumento a Bach, puede pasar frente a una ópera donde todas las noches representan una obra de Wagner y dejar atrás un teatro dedicado a Eurípides. Y desde lo alto observar todo lo bueno que puede dar el Hombre.

Allí, en ese imposible parque temático, me imagino, en un rincón apartado, una pequeña columna que no llame la atención. Y sobre ella, descansando sonriente, el busto de Albert Barillé, uno de los grandes, un humanista.


Albert Barillé


Albert Barillé era un francés que dedicó la mitad de su vida al periodismo. Pero a finales de los años 60’, este hombrecillo decidió cambiar el rumbo de su vida (y con esta decisión arrastró consigo a más de un par de generaciones de jóvenes). Fundó PROCIDIS y se dispuso a facturar material pedagógico de calidad (algo que existe de verdad, que no es un mito… ¡en serio!)

En 1968 Francia vivió la última revolución socialista del siglo XX… aunque como ya sabemos no fue ni una revolución ni tuvo nada de socialista. El Humanismo estaba herido de muerte porque no sabía qué lugar ocupar en el mundo. Le esperaban a la vieja Europa unas cuantas décadas de consumismo desatado, de egoismo y de desencanto. Le esperaba el presente, o sea. Pero Barillé no estaba de acuerdo: el hombre podía aspirar a más, debía aspirar a más, porque era su deber transcender, perpetuar su existencia y dejar su marca en el mundo.

En 1973 PROCIDIS produjo Colargol (una serie para la televisión y un largometraje) que fue un éxito bastante limitado al país galo. Sin embargo, en 1978 la productora encontró la formula perfecta: Érase una vez… el Hombre. Y con ella comenzó una franquicia que se prolongó hasta los últimos años del siglo pasado. Mediante dibujos animados los guiones de Barillé explicaban la Historia Universal, el funcionamiento del cuerpo humano o el descubrimiento y conquista de América.


Érase una vez... Colargol


Las series fueron decayendo porque la competencia de los japoneses era terrible y la calidad de las últimas producciones era ya muy discutible. El abandono parecía lógico, pero el rentable mercado del DVD ha mantenido a flote a la compañía.


Humanismo espacial

Sin embargo hay una serie PROCIDIS que no ha sido explotada aún. Érase una vez… el Espacio no ha conocido reedición en DVD. Quizás los responsables de Planeta (el distribuidor de PROCIDIS en España) no lo consideren un producto rentable. Es, sin lugar a dudas, la producción más extraña de la franquicia. Una aventura espacial, una Space Opera que Barillé aprovecha para trasladar su ideología sin el apoyo de un temario previo. Aquí no se divulga ni la Historia ni la Anatomía, Érase una vez… el Espacio es Humanismo puro, quizás la obra más personal de Barillé.


cartel


Fue la tercera producción de PROCIDIS. Tras el éxito de Érase una vez… el Hombre (1978), Érase una vez… el Espacio (1982) era la continuación perfecta. Casi parece una repetición del mítico último episodio de la serie madre. Allí Barillé hablaba del futuro, de la amenaza nuclear y del peligro de la superpoblación de la tierra. Era un capítulo apocalíptico pero cargado de esperanza: el futuro estaba en el espacio, más allá del Sistema Solar.

Al igual que Érase una vez... el Hombre, la nueva aventura espacial de PROCIDIS tendría 26 episodios y sería emitida por FR3. Para abaratar gastos el proyecto se convirtió en una coproducción y varias cadenas europeas y americanas contribuyeron económicamente (Radio Canada, RAI, RTVE, KRO, Crustel SA y Eiken). La presencia de técnicos japoneses se deja notar en una factura técnica impecable.


Erase una vez... arquitectura


Barillé se encargó de los guiones de todos los episodios y como cabeza visible del departamento gráfico volvió a contar con René Borg y Jean Barbaud que unos años antes habían diseñado los personajes de Érase una vez... el Hombre, personajes que se volverían a repetir una y otra vez a lo largo de la producción audiovisual de PROCIDIS.

Barbaud, diseñador también de los personajes de Inspector Gadget, crea tipos reconocibles. Barillé entiende el mundo como un lugar donde el bien y el mal conviven y luchan. Es una visión maniquea del ser humano y Borg y Barbaud recogen esta idea y la plasman en unos personajes que destilan bondad abosluta o maldad concentrada (según el caso) porque en la series Érase una vez... no hay lugar para la sutileza, ni falta que hace.


personajes


Barbaud se especializó en los dibujos de aviones y sus intereses influyeron en muchos de los diseños espaciales de Érase una vez... el Espacio, aunque es evidente que fue la presencia de Philippe Bouché (alias Manchú) la que marcó el devenir estético de la serie.

Bouché era un fanático de la ciencia ficción y, mientras diseñaba las naves de la serie de PROCIDIS también colaboraba con el diseño de otra serie mítica, Ulises 31. La presencia de este ilustrador hermana dos de las propuestas animadas más interesantes de los primeros años ochenta. Y eso no puede ser casualidad (también René Borg trabajó en las dos series).


nave 2


Otro de los grandes aciertos de los franceses fue encargarle la música a Michel Legrand. Este prestigioso compositor creó una banda sonora inquietantemente pop y que es reconocible por millones de personas con tan solo un par de notas. Los momentos de tensión están muy trabajados y el uso de los sintetizadores es realmente admirable. Muchas de sus melodías fueron reutilizadas en la sigiente, y mucho más popular, obra de PROCIDIS: Érase una vez... la vida (1986)


Argumento

En el año 3023 una "Confederación de Galaxias" (que engloba once constelaciones) liderada por los habitantes del planeta Omega (y su presidenta, Flor) mantienen la paz en el Universo. Frente a ellos se encuentran los mandamases de Casiopea (Canijo y Tiñoso, reciclados de Érase una vez... el Hombre donde representaban la maldad desplegada por el hombre a lo largo de los siglos) que pretenden expandir sus dominios y causar daño y destrucción (nada nuevo).


personajes


Omega tiene una fuerza policial que recorre, vigila y explora todo el Universo. Y sobre este grupo giran muchos de los episodios. Pedrito, Kira (Mercedes) y Pequeño Gordo visitan multitud de planetas y constelciones (ocasión que aprovecha muy bien Barillé para darnos lecciones de tolerancia, ecologismo, mitología o, incluso, de Historia Universal). Esta fuerza está a las órdenes de Pedro y Gordo (padres de sus respectivos) y cuenta como maestro intructor con el Maestro, un inventor genial que ha diseñado a Copito, un robot con cerebro positrónico


Parchís sideral.

Mientras que la intro original era una composición del propio Legrand, con letra de Barillé, cantada por Jean Pierre Savelli

...en España se optó por un tono más culto-infantil (el termino no es una contradicción): un cuarteto de Boccherini cantado por Parchís (se nota que en TVE apostarón fuerte por la serie)




La serie y el mito

Érase una vez... el Espacio era una serie infantil. Muy buena, pero infantil.

Hoy en día sus capítulos (unos escasos 20 minutos) se ven entre el aburrimiento y la admiración. Pero a los niños les siguen gustando (los DVD del resto de colecciones de PROCIDIS se venden como churros). De todas formas todos sabemos que un niño es un proyecto de hombre (no un adulto estúpido) y, aunque sus intereses cambie al crecer, no tiene porqué no premiar la calidad de los productos que consume.


nave 3


Y es una serie inteligente. Quizás sus diálogos sean lo más flojo, llegando a parecer tontos y superficiales. Sin embargo, a ratos, la voz en off o alguna reflexión alcanzan cotas altísimas de profundidad y poesía (sobre todo si se tiene en cuenta que va destinada a niños)

Se ha señalado la influencia de la ciencia-ficción humanista de Asimov en los guiones de Barillé. Eso es innegable de manera muy notable durante los primeros episodios: rebeliones de robots, humanoides, reflexiones morales... Sin embargo, hacia el final de la serie, la influencia de la ciencia-ficción mística de Arthur C. Clarke se hace presente hasta extremos plagiarios. Es entonces cuando la serie alcanza su más altas cotas de calidad y profundidad.


robots


Los viajes de Pedrito y Kira por el universo (planeta Mythos, planeta de los cromañones, etc) nos preparan para unos últimos capítulos excelsos (que formaron el núcleo principal del largometraje que PROCIDIS produjo en 1983, La rebelión de los robots, aprovechando el material existente)

Y ese es quizás el gran mérito de la serie: la continuidad entre episodios. En un tiempo en el que no era habitual, Barillé crea una trama que continúa a lo largo de varios capítulos, los personajes evolucionan, se crean vínculos...

El enfrentamiento entre Casiopea y Omega, con sus cientos de naves cubriendo el espacio sideral (una visión que marcó mi infancia) es una obra maestra del diseño (grande Philippe Bouché) y de la realización (toda la batalla se entiende a la prefección). La matanza es inevitable, lo que hace que el Gran Ordenador actúe y tome la tutela sobre los seres humanos evitando una tragedia. Sin embargo, surge una rebelión y los hombres parten hacia una última batalla contra las máquinas (una batalla que saben perdida) en defensa de su libertad. Y este último sacrificio lo que hace intervenir a unos seres metafísicos superiores que salvan a la raza humana y la empujan a tomar el camino del perfeccionamiento (casi budista)


nave 1


Y es por eso que la serie se adelanta a su época (nada de capítulos que repiten su extructura una y otra vez). El mensaje pedagógico es constante, pero no intimida porque Érase una vez... el Espacio termina siendo una aventura espacial sin complejos, complicada y poliédrica.

El discurso final de estos seres estelares resume toda la obra de Barillé, todos los consejos que ha ido diseminando a lo largo de la serie. Se alcanza entonces una coherencia argumental que posiblemente hasta entrados los años noventa no se volverá a ver en una obra infantil para la televisión.

Y por eso Barillé merece una estatua. Por ser el primero (y casi el único)

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